Diario

4 de setiembre de 2013

 

Hoy ha sido un día común. Di las mismas vueltas en la cama, derecha, izquierda, arriba, abajo.

Algo aún me sigue faltando. Me dejo llevar por la rutina como las flores que se tiran al mar; van y vienen y a pesar de tener una orilla que las frena, no sé si realmente es el final.

Todo eso pasa por mí muy lentamente hasta que algo me impulsa. Las 8:30 del reloj otra vez me dicen que llego tarde.

Nada me apasiona en el trabajo. Tengo que buscar formas de enamorarme.

¿Cómo enamorarme de la muerte?

No puedo enamorarme de tu ausencia.

Muchas veces,  por las tardes, me sorprendo queriendo llamarte; ahí me doy cuenta de que levantar el teléfono es en vano. El movimiento de mi mano queda truncado.

Terminé trabajando entre la muerte cuando menos quiero verla o sentirla.

No es esta muerte; es tú muerte. El miedo punzante de que no me dé el tiempo.

¡Justo a mí, que no me dé el tiempo! Yo que he llorado con todas mis lágrimas  y reído con todas mis carcajadas.

Tu tristeza me quedó impregnada y no dejo de llorarla.

 

No quiero mi libertad anudada al miedo, pero siento miedo de cada minuto que no vivo sonriendo y me despierto atormentada por mis pensamientos.

Los de tu ausencia.

¿Por qué costó tanto amarnos?

No quiero la imagen de tu cuerpo en una bolsa de plástico. Busco mejores recuerdos, juro que los busco.

Me duele tu ausencia.

Contigo murió mi esperanza. La del encuentro.

 

Sigo sin saber cómo pensar en ella sin llorar.