Un viaje

 

Sus ojos iban  fijos en la ventanilla del ómnibus, sin desviar la mirada. Escuchaba al travesti sentado en el asiento de adelante. Era nicaragüense y hacía 29 años que estaba aquí; según él, su padre y su madre habían estado presos con Pepe y Lucía.

Le  contaba al guarda que ya no se prostituía, que cuidaba coches y se alojaba en un refugio. Que el gobierno podía hacer más cosas, como darle un terreno para construir una casa. Hablaba tranquilo mientras comía unas galletitas rellenas, con su valija y una mirada de “a pesar de todo estoy bien”.

 

El que había subido vendiendo librillos y denunciando la mala política del Estado era amigo de  juventud del guarda, delgado, cansado pero sonriente, sin ánimo de cambios. En tres paradas le contó el fin de cada uno de sus amigos, unos muertos y otros muertos en vida.

Hasta él lo tenía claro.

 

En la academia de baile por la cual pasamos el gordito alto hacía girar a una señora bajita, tal vez con el deseo de salir del estrés diario.

 

Bajando y subiendo, cada uno su destino. Dominó el silencio hasta la próxima parada.