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  • Alejandra Castillo Flores

Otra historia


Es martes de febrero, la mañana está fresca porque no pasa de las nueve. Camino con calma por la ciudad de Montevideo.

A mis días acelerados le sumo momentos lentos y silenciosos.

El sol tibio sobre mis brazos, una brisa matutina que me despeina y en mi ruta busco un lugar desconocido para desayunar. Sin prisa espero, mientras viajo entre las páginas de un libro.

Nuestra ciudad está llena de plazas hermosas, los niños que corren, los adultos haciendo ejercicio y otros tomando mate.

La libertad y la paz que pocas veces agradecemos. No encuentro hamacas para adultos. Cierro mis ojos. Unas manos invisibles mantienen el ritmo mientras soy mariposa esparciendo sueños. El vértigo del vuelo desprende mi sonrisa como pétalos, llenando de perfume las nubes. La última vez fue en el Jardín Botánico. Soy niña sin temor. Desde otro lugar. Voy a buscar mi bastón así voy un rato a la plaza. La que está frente al Palacio ha quedado muy hermosa, trato de ir temprano porque me da miedo cuando cae la noche. Ya estoy viejo para andar solo. Me siento al sol para calentar mis huesos. Los niños gritan y corren por todos lados y los padres solo miran sus teléfonos. Si esto es salir en familia lo descarto. Que diferente a cuando crie a mis hijos. Nos mirábamos a los ojos. Recuerdo que Paula, siempre corría hacia mí con algún insecto, esperando que le contara algo sobre él. Observábamos su cuerpo, sus extremidades y cada detalle con extremo cuidado, para no dañarlo, soltándolo después en el lugar donde había sido encontrado. Carlos, sin embargo, navegaba por un mundo de fantasía entre los árboles o volando alto sentado en una hamaca, queriendo llegar a un mundo desconocido. Cerraba los ojos mirando el cielo y se dejaba calentar por el sol. Hasta ahora ama al sol más de lo normal. Esa chica me hace recordarlo. Hace un buen tiempo que esta de ojos cerrados con su rostro hacia el sol. Tiene una sonrisa enorme en sus labios, da la sensación de que esta su cuerpo, pero no su mente. Me gustaría que viniera corriendo a contarme por dónde ha estado, como lo hacía Carlos. Hoy lo extraño. ¿Qué edad tendrá? ¡Cuánta soledad en ese juego, con el bastón, sobre las piedras! Dan ganas de abrazarlo. ¡Ojalá no estuviera tan limitada! Correría a su encuentro, como hacía con mi abuela, compartiría mis caramelos con él y cantaríamos juntos unas sevillanas para alegrarnos. Si la abuela María estuviera, le gritaría sin miedo: –¡Ven a bailar guapo, que todavía nos queda vida! Paso lentamente frente a él y le sonrío, me responde igual y le ofrezco un caramelo. Bailar… Lo dejamos para otra vuelta, si tenemos tiempo.

ACF 2020

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