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  • Alejandra Castillo Flores

Entre rieles

Hoy nos movilizamos como todos los años en la Estación Central. En estos últimos meses se ha sumado bastante gente a nuestra causa.

Tenemos el sueño de activar la Estación, deseamos devolverle la memoria al barrio y crear una nueva historia.


Juan tiene sesenta años, es alto y algo encorvado, de cabello blanco y escaso. Andrea tiene cincuenta y cinco años y es su esposa desde hace más de cuarenta.

Siempre vienen temprano y mientras esperamos al resto de la gente nos sentamos a conversar. Me gusta escucharlo, sus historias de niño en cada recorrido, los cuales recuerda perfectamente. Dicen que solemos guardar nítidamente los recuerdos del tiempo mejor vivido.


Carolina debe tener veintiocho o anda cerca. Se sumó hace dos años, a diferencia de Juan no se acuerda ni lo que hizo ayer. Es callada, nunca sé lo que piensa, da vueltas y escucha. A veces siento sus ojos clavados en mí nuca. Parece buena gente.


Tiene el cabello largo, castaño con unos rulos grandes y suaves. Nunca se los toqué, pero me lo imagino por el brillo que tienen. Sus ojos son grandes, pero tienen una leve forma oriental, son de color verde oscuro. Su cuerpo es curvilíneo y robusto en la medida justa. Me da curiosidad la historia que esconde, esa mezcla refleja misterio.


Ya llegaron todos.


Escucharlo me atrapa. Lo único que sé es que se llama Andrés. Hace dos años paseaba al perro por la estación y lo vi por primera vez, rodeado de gente. No necesité mucho para descubrir la pasión con la que vive.


Ama los trenes y desea reactivar la estación, preservar el patrimonio y poder contar a los más jóvenes su historia.


En este tiempo he cruzado con él unas pocas palabras. Cuando lo veo sonrío sin control y tengo terror de que se dé cuenta.


Recorro su órbita despacio y a distancia para poder observarlo con cautela, aunque un par de veces su cabeza dio un giro brusco, como adivinando, y se encontró con mis ojos fijos.


Me tomó tan de sorpresa que no puede bajarlos.


A mí me gusta los trenes, pero no tanto.


Tengo ganas de invitarlo a tomar un café. ¿Le gustará hablar de algo más, sin ser de los trenes?


Debería haberme vestido más llamativa. Tal vez eso podría ayudar a que él me invitara.


El silencio en mi cabeza es profundo. Sus labios gruesos se arrastran y las palabras se pierden.


Veo la gente que se va yendo. Sonríe.


Abrazos, adioses.


Me he congelado con los brazos al costado de mi cuerpo. Siento un calor intenso en mis mejillas y me falta el aire. Hago el intento de levantar la mano. Solo veo las baldosas rotas que están debajo de mis pies.


¿Cómo dijo Paula que debía respirar?


Primero profundo y luego me vacío. Y una vez y otra vez, y otra y otra.


Cuando abrí los ojos estaba tan cerca que podía respirar su propio aire.

Somos dos trenes a punto de chocar de frente, en un cruce cualquiera, matando el ímpetu al halar el freno.

Mayo 2020

Fotografía: https://pxhere.com/es/photo/752678

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