En el huerto de María

La Casa Provincial era grande. Se encontraba en el centro del predio. A lo lejos los ladrillos rojos se levantaban silenciosos. Se podía observar la pintura de la Virgen en toda la pared exterior de la Capilla.

 

Hoy recuerdo el perfume a paz en los pasillos. Hasta el silencio temía que se le escapara un suspiro. Junto con los exámenes llegaron los días cálidos y tranquilos. En ese momento no me cuestionaba por qué había elegido magisterio. No más corridas atrás del ómnibus para evitar llegar tarde a clase. Tampoco aquella profesora de química, que enseñaba como si nos contara el cuento de” Caperucita y el lobo”, modificando el tono de su voz.

Ni hablar de la profe de Pedagogía, bajita y elegante; salida de quien sabe qué cuento de hadas.

 

Desde el pasillo que daba a mi habitación se veían los durazneros, ciruelos y naranjos. Nos sentábamos sobre el césped a estudiar, respirábamos profundo, reíamos y rezábamos.

La señora de Rodríguez, el chofer, nos miraba desde la ventana de la casa, que se encontraba dentro del extenso terreno.

Nos horneaba las más ricas medialunas de manteca, mimando nuestros estómagos de estudiantes dedicadas. 

 

Entre árboles florecidos, frutas y bajo un sol tibio, terminó ese año. Salvamos los exámenes y llegó el verano. Me quedó la imagen de su hábito; ambas sentadas en el pasto. Las medialunas, la comida de Doris, la misa y el rostro del Padre Correa cuando me decía que me había quedado sin tela para hacer la pollera que estaba usando.

 

No recuerdo cuando vi a la Madre Provincial por última vez, solo sé que no pude despedirme. En ese momento me había contado que ya no existían los ciruelos, ni los durazneros, tampoco los naranjos. Los vecinos del asentamiento cercano cruzaban los muros y destruían todo a su paso. Ya no era por hambre.

 

La Madre Ernestina se fue, la Madre Olga y la hermana Corazón aún están con nosotros. No he visto vocación tan pura como la de ellas; dedicadas al servicio, de corazón alegre, amantes de Cristo. Fue mi único y último año en el Huerto de María. No las volví a ver. Me quedó la gracia de cada palabra, el recuerdo de un tiempo dulce y de silencio profundo; de reencuentro con mi alma.