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  • Alejandra Castillo Flores

Desde que somos pequeños nos han enseñado a estar preparados y a planificar cada paso.


Así nos fuimos transformando en enormes agendas-mochilas, con horarios resaltados en colores y en alarmas chillando, que nos avisan que somos parte de un ping pong de encuentros y reuniones.


Pero de repente llega algo sin aviso.


Es como un sacacorchos que penetra en lo profundo de nuestras “seguridades” y va dando vuelta y vuelta, para arrancarnos con fuerza del lugar en donde estamos.


En ese dar vuelta y vuelta nos mareamos, pataleamos, nos enojamos hasta perdernos.


Cuando ya cansados, tirados sobre nuestra vida, abrimos un ojo con miedo y nos animamos a respirar más profundo, vemos a lo lejos una flor que ha crecido en el medio de un enorme campo vacío.


Nos encontramos por primera vez con nuestro silencio.


Comenzamos a caminar despacio sobre la hierba verde, y nos acercamos para ver el color de la flor, su forma, su perfume. A medida en que nos acercamos algo se va recomponiendo en nuestro interior, vamos dejando caer los pétalos secos y la nueva flor nos va dando vida.


Es así como, sin darnos cuenta, nos fundimos una en la otra.


Hay una fuerza interna que nos quita la sordera y nos da la vista, que nos invita a un presente atento y entregado. Que nos ayuda a salir de la vuelta sobre nosotros mismos, que nos invita a caminar sobre la hierba e ir al encuentro.



  • Alejandra Castillo Flores

De mis grietas confundidas, de mis alegrías a veces secas. Tal vez huya para buscar el desierto de las tentaciones que transforman. Tal vez huya para buscar los riesgos que incendian la vida, aquellos que diluyen la sangre de mis venas,

que se dan como ríos desbordándose a la orilla de largas carreteras.

Tal vez huya solo un día enamorándome del encuentro descansando a tu sombra corriendo el riesgo de pertenecerte.




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  • Alejandra Castillo Flores

Mis dedos golpetean el teclado

buscando en youtube a Luane,

ondula en un leve susurro su voz francesa.


La noche hizo silencio de domingo

duermen los deseos en este día frío.

Solamente la nostalgia

campanea en mi pecho.


Mi mente vaga de nuevo en un mar

donde el agua se aleja y regresa

muriendo en la orilla

de esta playa incierta.


La fricción de mis dedos

desenreda mis cabellos

y airea el sueño.


Un eco me trae de vuelta

para que resista,

es primavera

pero el invierno es quien me besa.



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